-Oh, no, querida –soltó una risita- pero la tuve, ella murió hace ya veinte años. ¿Sabe usted? Era todo cuanto tenía, todo, y ese día lo perdí todo. ¿Sabes usted, eso qué dicen que no sabes lo que tienes hasta que lo pierdes? Es verdad. Pero no, yo la quería cuando la tenía, la amé cuando la perdí. Me dejó completamente solo, tuvimos un hijo, él se fue cuando ella murió, no he sabido nada más de él desde entonces. Desde hace veinte años mi única compañía ha sido este faro.

-Triste…-susurré con la vana esperanza de que no me escuchara.

-Si, muy triste. Por eso tiene que abrir los ojos y valorar lo que tiene, en el aspecto que sea, siempre tienes que valorar lo que tienes, porque si no un día…si no un día ellos te abandonan, y luego…luego viene la soledad.-a falta de palabras reinó el silencio. Todavía estaba repasando mentalmente sus palabras, cuando los primeros rayos del sol anaranjados hicieron acto de presencia.- Lo qué le decía, aquí el amanecer es precioso.

-Lo sé, la primera vez que vine aquí –me levanté de la silla, apoyé los codos en el alfeizar y saqué la cabeza para contemplar con todo su esplendor aquel espectáculo- la primera vez que estuve aquí fue con él.


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